Regular la publicidad, ¿puertas al campo?

En materia de comunicación tiendo a compartir criterios liberales: la mejor regulación es la que no existe. Pero como el sentido común, la sensibilidad, la ofensa, el talento o el buen gusto son valores o conceptos resbaladizos, reconozco las necesidades regulatorias.

Entiendo que resulta suficiente con unos criterios legales generales. Establecer sus límites para evitar invasiones innecesarias en la libertad de creación, expresión, comunicación y difusión de contenidos es la clave de un asunto que siempre será polémico.

Las tentaciones regulatorias excesivas en nombre de la ética o el respeto son habituales. Las hay mediante pretensión de regular contenidos pero también en el intento de imponer manuales de estilo para diversas áreas. También existe una suerte de “policía lingüística”. Y, en tercer lugar, las autorregulaciones, más sutiles pero no menos efectivas.

Siempre recuerdo en este último capítulo la efectividad de la Ley de Prensa de 1968. Terminó con la censura previa e impuso la autorregulación de los medios, a expensas de la sanción posterior. Con esta ley que incluso despertó temores cervales entre próceres franquistas terminaron cerrando periódicos.

He encontrado hoy entre mis recomendaciones en Youtube este polémico vídeo que ilustra el debate del que hablo.

Y tenía anotada esta pieza de RTVE donde se habla de la situación en uno de los campos más evidentes de la incidencia regulatoria. Un campo de polémicas recientes en mi entorno cercano.

 

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Al final, en la época de la hipercomunicación, todas estas regulaciones no suponen más que poner puertas al campo. Porque, además, la presión social que se ejerce en algunos casos sobre determinados soportes, medios, empresas o plataformas es tal que acaba cediendo al castigo. No hace falta más que recordar el caso, por ejemplo, de Telecinco y la presión a los anunciantes en algunos programas.

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